Columna: Carta De Un Wayuu.

Al irme de una de las rancherías me dijeron Este es el grito  de la comunidad, lo demás somos lo que usted vio, calidez, cariño, amor, paz, espiritualidad y unión familiar.

Los Wayuus, comunidad india ancestral, presente sobre todo en Colombia, están pereciendo a fuego lento. ¿Por qué? Debido a la explotación de sus recursos naturales por las transnacionales. Exterminio de un pueblo que viene sucediendo ante la indiferencia general de la bien conocida «comunidad internacional».Un pueblo en vías de extinción…

¿Qué hubiera dicho Eduardo Galeano, fallecido este 13 de abril, a propósito de la muerte anunciada de la comunidad india Wayuu, en Colombia? Aquél que dio voz a los sin voz con su obra maestra: Las venas abiertas de América Latina, sin que quepa la menor duda hubiera salido en defensa de esta comunidad que padece la codicia de las transnacionales extranjeras. Esta comunidad ancestral, con varios siglos de historia, simboliza por sí sola el trágico sino de los pueblos indígenas del continente latinoamericano.

Para empezar, algunas cifras y datos para situar a este pueblo. Se estima que suman unos 600 000 los indios Wayuus. Viven a un lado y otro de la frontera común entre Venezuela y Colombia. En Colombia, ocupan el departamento de la Guajira, al nordeste del país y, en Venezuela, residen en el Estado de Zulia, al noroeste de esa nación caribeña. Ocupan un territorio de unos 15 300 km2. El 97% de ellos hablan su idioma autóctono, el wayuuniaki. Sólo el 32% hablan español.

Los Wayuus siempre han vivido de la artesanía, de la caza y de la pesca. Pero hoy día su vida corre peligro. Las empresas nacionales y transnacionales aliadas con el gobierno neoliberal están despojando a esa comunidad de unos recursos que le son indispensables para poder sobrevivir. El Río Rancheria es de una importancia capital para la supervivencia de esta comunidad. Esta última lo utiliza para sacar el agua de su consumo diario, pero también para la pesca y toda clase de actividades. No obstante, los hay que no tienen la menor consideración para con esos pueblos indígenas. Es el caso de las potentísimas transnacionales BHP Billiton y también Anglo América, ambas expertas en la explotación de los recursos minerales tales como los diamantes, el oro o el carbón.

El carbón está firmando la condena a muerte de la comunidad Wayuu. En efecto, El Cerrejón, la mayor mina de carbón a cielo abierto del mundo, bombea, cada día, más de 35 000 litros de agua del río Rancheria para extraer el carbón. Además, la poca agua que a los habitantes les queda está contaminada y resulta peligrosa. Rafael Puchana, un habitante indígena, denuncia la hipocresía de las transnacionales. «No paran de decir que no estamos contaminados, que vivimos felices, que estamos bien. Pero la situación que vivimos es muy preocupante para nosostros y para nuestra salud. El agua que aquí consumimos está totalmente contaminada». (1)

El agotamiento de los recursos en agua y su contaminación están ocasionando una auténtica hecatombe humanitaria. La ausencia de investigaciones y de estadísticas a propósito del drama que sacude a esta comunidad hace difícil que se puedan publicar las cifras exactas del impacto de las compañías multinacionales.

Pero, según la comunidad Wayuu, más de 14 000 niños han muerto de inanición. Unos 36 000 niños estarían padeciendo desnutrición. Según el Depatamento Administrativo Nacional de Estadísticas, en el 2012, murieron el 38,8% de los niños y niñas con menos de 5 años de edad. (2)
Según Gonzalo Guillén, director del documental «El río que se robaron», son un promedio de tres niños al día los que mueren en la Guajira. Sencillamente, ese pueblo indio es abandonado por el gobierno y las autoridades públicas. La salud, la educación, las ayudas no existen. Y cuando el gobierno se digna en «ayudar» a los Wayuus, el dinero no llega porque la corrupción lo hace desaparecer. «Las medidas que se tomaron no bastan y, con permiso de las autoridades, las compañías multinacionales se han apoderado del único recurso hídrico que teníamos y dejan que la comunidad se muera de sed. Así es cómo se han perdido muchas vidas,» apunta con tristeza Javier Rojas Uriana, un portavoz de la comunidad Wayuu.

Además, no sólo los hombres padecen esas actividades criminales. Toda la fauna y toda la flora están a punto de desaparecer. Cada día o casi los habitantes encuentran cadáveres de animales muertos de sed. Todo el ecosistema de una comunidad está siendo amenazado por la explotación de los recursos minerales. Toda una historia, una cultura, una civilización se están muriendo sin que ello conmueva verdaderamente a los defensores de «los derechos del Hombre».

Entonces, ¿qué se puede hacer frente a este crimen de masa? El 2 de febrero del 2015, la comunidad Wayuu dicidió presentar una denuncia anta le Comisión Inter-americana de los Derechos del hombre (CIDH) para reivindicar su derecho a tener un aceceso gratuito y de calidad al agua y exigir medidas urgentes para remediar la crisis humanitaria. Desgraciadamente, pocas son las probabilidades de que la comisión pueda intervenir concretamente para mejorar la suerte de esta comunidad.

«Éste es un territorio ancestral que siempre hemos habitado. Aquí tenemos nuestro cementerio. Pero por lo visto aquí prevelecen los intereses de una industria a expensas de los derechos humanos,» constata una habitante Wayuu.

Y cuando las comunidades indígenas se atreven a sublevarse pacíficamente contra esta situación, el Estado no vacila en reprimir con brutalidad a los manifestantes como siempre lo ha venido haciendo. ¿Pero no es el lema de la nación «Libertad y orden»? Desafortunadamente, al parecer, sólo el segundo concepto es el que impera. Y en lo que reza a la «Libertad», habrá que esperar.
El saqueo no cesa

De ningún modo Colombia es un caso aislado. Todo el continente latinoamericano es el que viene enfrentando, desde hace ya varios decenios, el salvajismo de las transnacionales. Citemos el caso de la multinacional estadounidense Chevron que destruyó literalmente una parte de la selva amazónica en territorio ecuatoriano. O también, en Brasil, la empresa estadounidense Bunge que le vende azúcar a Coca Cola y que desplazó a las tribus indígenas para poder cosechar más caña. Larguísima sería la lista.

En cuanto al Estado de Colombia, pues no parece tener prisas en intervenir. Tengamos presente que el gobierno colombiano nada ha de emprender o casi nada. ¿Por qué ? Pues sencillamente porque desde hace ya más de cincuenta años todos los gobiernos de turno han extendido la alfombra roja a los inversores y a las transnacionales. Para éstas, Colombia es un auténtico paraíso terrenal. Níquel, platino, oro, esmeraldas, diamantes… una verdadera mina de oro. Las multinacionales se pelean por agarrar su parte del pastel. Desde la británica Anglo American hasta la estadounidense Monsanto pasando por la española Telefónica, las multinacionales del mundo entero se han dado cita desde hace decenios para seguir con el saqueo de Colombia. Según el sitio web de la revista Semana, el país contaría con la presencia en su territorio de más de setecientas multinacionales. No es de extrañar pues que las cancillerías occidentales tengan todas las bondades con Bogotá así como con México o Perú.

Estas tres naciones han obedecido puntualmente las órdenes de las instituciones financieras internacionales liberalizando su economía, vendiendo sus joyas de familia y recibiendo con los brazos abiertos a los inversores occidentales. En estos países el tiempo parece haberse parado. Los tiempos de la explotación minera por los conquistadores españoles han dejado sitio, hoy día, a los nuevos amos de la economía mundial: las transnacionales. Estas naciones parecen estar condenadas al saqueo permanente de sus riquezas naturales.

En Perú, miles de campesinos han sido expulsados de sus tierras por el Estado para saciar el apetito de la multinacional Newmont que explota el oro y el cobre en la región de Cajamarca. Como en el caso de la comunidad Wayuu, la explotación de los recursos mineros ha llevado consigo el bombeo de monstruosas cantidades de agua que ha provocado la sequedad de las tierras y la muerte de las comunidades campesinas obligadas a terminar errando por las ciudades. Y el número de campesinos que se atrevieron a protestar contra la hegemonía de las multinacionales fueron sencillamente matados a tiros. No más tarde que hace dos semanas, un campesino ha muerto y dos personas más resultaron heridas por la policía cuando estaban protestando contra el nuevo proyecto minero de la empresa Southern, en la provincia de Islay, en la costa oeste del país. (3)

En Méjico también las multinacionales dictan sus leyes. En diciembre del 2013, el presidente Enrique Peña Nieto anunció la privatización del sector petrolero. Un sector que fue nacionalizado en… 1933. No cabe duda de que el responsable de la muerte de los 43 estudiantes de Ayotzinapa es el símbolo más elocuente del sometimiento de una parte del continente latinoamericano a las empresas extranjeras.

Desde los años 1980, el Estado mejicano no ha cesado de malvender sus riquezas y su territorio a los inversores extranjeros. Y, en 1994, Méjico firmó su condena a muerte cuando firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, (TLCAN).

¿Qué consecuencias acarrean esas privatizaciones a marchas forzadas? ¿Cuáles son los resultados para Colombia en cuanto a la tasa de pobreza, las desigualdades? Cuando la mayoría de los países de la región han rebajado con creces su tasa de pobreza, Colombia no consigue mejorar la vida de su población más pobre.

Entre el 2002 y el 2008, mientras Argentina, por ejemplo, redujo su tasa de pobreza del 45,4% al 11,3%, o sea una variación de un – 34,1%, en Colombia, la tasa de pobreza sólo fue rebajada de un – 8,5% al pasar de un 54,2% a un 45,7%. (4)

El coeficiente de GINI que mide las desigualdades es el más elevado de América Latina. Se situaba en un 53,5 en el 2012. (5)

El extractivismo en tela de juicio

Mientras ciertos países se someten cada día más a Washington, Madrid o Londres, otros países, en cambio, han decidido elegir de su propio destino. Éste es el caso de Venezuela o de Bolivia para sólo tomar estos dos ejemplos. Maltrechos tras años de neoliberalismo que sólo les había acarreado miseria, desigualdades, paro, desnutrición, los nuevos dirigentes de esas naciones suramericanas, cuando llegaron al poder, decidieron que los recursos nationales tenían que pertenecer a su pueblo y no a los capitalistas occidentales. Con esa idea fue cómo el presidente Hugo Chávez nacionalizó las riquezas petroleras de su país.

Por su parte, el presidente boliviano Evo Morales hizo votar una ley de los hidrocarburos que le permite al Estado adquirir el 82% de los beneficios relacionados con la explotación del petróleo y el gas y que sólo deja el 18,5% a las multinacionales. Antes de la promulgación de esta ley las cifras estaban exactamente trastrocadas.

Esta política voluntarista e intervencionista es la que ha permitido reducir con creces la pobreza y las desigualdades. En Bolivia, entre el 2006 y el 2014, la pobreza ha pasado de un 38% a un 18% y el país ha venido a ser, así como Venezuela, «territorio libre de analfabetismo».

Pero más allá de la mera comparación entre países neoliberales y países progresistas, una pregunta urgente se plantea. ¿Por qué clase de desarrollo ha de optar América Latina para su porvenir? Pues aunque, según los países, los beneficios provenientes de la extracción minera y petrolera no vayan destinados a las mismas clases sociales, como acabamos de verlo, el punto común entre todos esos países es la persistencia de los diferentes gobiernos en insistir sobre el modelo extrativista, modelo destructor no sólo del medio ambiente sino también de las comunidades indígenas que son las primeras en padecer esas actividades económicas.

SIN PALABRAS!

Autora: Nena Botero.
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