Columna: SI TODOS VOTÁRAMOS

SI TODOS VOTÁRAMOS

Obviamente, pensar que todos votemos, es a las claras, una utopía, algo ideal pero imposible. Pero pensar que en los procesos eleccionarios se supere la participación ciudadana y se disminuyan los índices de abstencionismo, es completamente factible.

Indiscutiblemente, una de las grandes falencias de los procesos de elección popular de alcaldes y gobernadores en Colombia radica en que el sistema, a diferencia del de los Presidentes en la primera vuelta, está diseñado para que la victoria sea para el que obtenga la mayoría simple de los votos válidos depositados por los que concurrieron a las urnas; y no por la mayoría calificada; la cual vendría a ser la equivalente a la mitad más uno de los habilitados para votar en determinados comicios; permitiendo de esta manera que el triunfo lo obtenga, simplemente, el que obtuvo mayor votación.

Otra gran falencia del sistema la constituye el alto porcentaje o número de abstencionistas que por apatía, decepción, rebeldía o fanatismo decide no participar o no cumplir con el sagrado deber ciudadano de votar; el cual se agrava a lo sumo en las denominadas elecciones atípicas..

Si se toma la elección de los últimos cinco alcaldes de Cartagena, la verdadera triunfadora en cada una de ellas, ha sido la abstención; que aunque más gravosa para unos procesos que para otros, es el reflejo de la indiferencia ciudadana. 

En números redondos, la batuta abstencionista la llevan la tercera elección de Curi en el 2005, y la atípica de Dionisio Vélez en el 2013. La de Curi fue del 78 por ciento; y la de Dionisio Vélez, del 71 por ciento; lo que quiere decir, o es lo mismo, que de los habilitados para votar en dichas fechas, solo lo hicieron el 22% para el primer caso; y el 29% para el segundo; evidenciando desgano o desprecio casi absoluto por la participación en las decisiones políticas de la ciudad.

En las otras tres elecciones de alcaldes de Cartagena, de las cinco referidas, la abstención cuando se eligió a Judith Pinedo fue del 55 por ciento; cuando Campo Elías, del 52; y últimamente, la de Manolo Duque, el último, fue curiosamente la menor, del 47%.

Esta preocupante realidad cartagenera conduce a deducir que si no se produce un cambio, despertar o empoderamiento de la ciudadanía, especialmente, la habilitada para decidir en las urnas, se seguirán eligiendo mandatarios con pírricos guarismos que en poco representan a la mayoría de los ciudadanos. El fracaso de las revocatorias de alcaldes es una prueba irrefutable del desgano ciudadano.

Por todo lo anterior, la esperanza está en que el voluminoso porcentaje abstencionista se motive a participar y deje con ello no sólo de quejarse sino que las minorías elijan por ellos y por todos; y que de no hacerlo, seguirán permitiendo que se elijan, no los mejores, sino a los que con dineros mal habidos alcanzan la victoria por haber  llevado a las urnas a unos electores a los que han cautivado y “engrasado” con dádivas.

Por Álvaro Morales












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